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27 de noviembre de 2011

Claridad de claroscuro que haora no me deja mirar, ahora más vale más "esforzar" por amar

Ahora que regreso me doy cuenta que me fui para dejar “nada” pero porque también es cierto que me fui para encontrar “Todo”, el todo amoroso. Pero aún me encuentro anestesiado, desubicado, descolocado… por mucho que me esfuerce a prestar atención, aún todo me parece indiferente, como la futilidad de la musa posando al desnudo ante el pintor apasionado, como el chico con el ipod en el metro, impávido ante el maremágnum de la muchedumbre pisoteando los pasillos del andén…. ¿Qué sucede? Que aún no logro despertar una ambición, esa que te plantea el mundo hoy que me causa desazón; tener hacer correr llegar salir entrar y nunca poder estar… parece más bien que no solo somos peregrinos de este mundo sino como turistas tratando de ver todo, empresarios viendo que ofrecemos en un mundo globalizado en donde nuestro hogar más frecuente se parece a un hotel 5 estrellas, en donde lo único familiar es la frazada de la almohada.


Reconozco que insertarme en este modelo tan comercial, mercantilista de la vida, en donde la diferencia de las palabras necesidad y deseo se pierden en sinonimia semántica, en donde hasta la muerte se vende más que a la ramera (bella) de la esquina, en donde le sale más oneroso literalmente caer muerto en un mausoleo…, y tantas cosas más, me plantea un serio reto de configuración, ya que puedo caer en obviar lo esencial, la imprenta que ha dejado esta experiencia/s en mi vida.

Se habla de crisis de sentido, búsqueda de nuestra ultima ratio, en el fondo no diferimos del hombre moderno que creyó encontrar el sentido del mundo, desentrañando el orden mecanicista del cosmos, al fin del acabo todo parecía tener coherencia, porque al menos el pertenecer el hombre como una pequeña parte de él, aunque sea una pequeña piececilla del reloj los hacía creer importantes, que incluso éramos capaces de construir un reloj suizo, cuando el mundo es ahora más que un misterio, o el periodo post moderno con la fallida y ya ratificada fe en el progreso. Los existencialistas, lo hinduistas, budistas, los cristianos, neoplátónicos, etc… (el hombre si acaso) todos reconocen cierta insatisfacción ante la dudas que nos plantea la vida, estamos en búsqueda, y mientras el pluralismo religioso pone en duda al monismo religioso según la versión de cada creyente, todo parece carecer de sentido. Lo cierto del caso es que hemos reducido la búsqueda del sentido de la vida, al coto exclusivo e individualista de la magia, las cartas, la astrología, nuevas formas de meditación, música esotérica, las dietas light, y otras “filosofías” de las frases hechas a la medida, etc… pareciera que todo es relativ,o individual e irracional. En fin que tan solo bastaría simplemente sentarnos en un “templo”, en “tu hogar” y callar, permanecer, acallar al ritmo estrepitoso de la vida callejera, y dejar fluir nuestra parte más íntima, justo ahí donde confluye en su centro el alma el cuerpo y el espíritu, dotándonos de insospechadas fuerzas centrifugas que se abren a infinitas posibilidades de encuentro con los demás, ahí donde surge el místico, el indiferente pero siempre pendiente, no el enajenado ni el egocéntrico, sino el místico, no el racionalista empírico, ni el fiel laico determinista, sino el hombre integro, pleno, en una visión adualista, que busca su centro o su punto en donde se parte al centro de la espiral, cada vez más hondo y más profundo y a la vez humilde y sencillo.

Pues bien finalmente el reto consiste en insertarnos a un mundo o más bien al esquema occidental de la movilidad ascendente, de la escalera del “éxito”, principalmente porque de algo hay que vivir, los bienes apra nada desdeñables pero en su justo lugar… pero sin que está vorágine vea mermada mi libertad a tal grado que lo descubierto en estos último meses de mi vida, -en cuanto a lo más fundamental y esencial de mi vida- se entreteja en un filigrana armónica de lazos filiales, de paz y amor interior que se desborde constantemente hacia al exterior. Porque al final lo mudable… cambia pero lo esencial no solo permanece sino prevalece.

Expersigeré homo! Quia pro te Deus factus est homo (¡Despierta hombre! Pues por ti Dios se hizo hombre) Sin extremos, no te vayas del punto A al punto B, busquemos el punto ecuánime de la balanza sin olvidar la radicalidad del amor… La única de medida del amor es amar sin medida (S. Agustin). No hay que morir de amor sino vivir por el amor.

13 de noviembre de 2011

“La vida te regala siempre, una segunda oportunidad”, concluíamos hace exactamente una semana (de esto hace un mes) con mi colega Carlos, insertos en el vagón de un metro, en una cuasi exacta locación. Y hoy, una semana después mientras volvíamos al mismo tema, en esta ocasión le ratificaba que en esa misma mañana, la vida me había regalado una segunda oportunidad, tanto me resultaba curioso, que me podía imaginar al azar estar confabulado con el espacio y el tiempo, y parecían reírse en sincronía al momento en que nos percatábamos que aquella afirmación acontecía nuevamente en mi vida, un deja vu providencial si se quiere…



Recordará estimado lector, aquel “post” que titule “De cara con Dios – Darse de bruces con la realidad”, en donde apuntalaba con duras palabras al final del mismo, sobre ciertas cosas que me arrepentía no haber realizado en mi vida; una de ella había sido la de no intercambiar mi zapatos con aquel rumano renco que mendigaba en la acera de una calle. Pues bien, hoy, en circunstancias poco probables, la vida me regalaba una segunda oportunidad en el encuentro con aquel hombre. Nunca mejor esta frase pronunciada hace una semana, que abigarraba una intuición, -allende a la común experiencia que nos muestra la vida-, porque no me dejará mentir y mucho menos se atreverá a negar que nunca le ha pasado, “eso de que la vida nos regala segundas oportunidades…”, estas que se encuentran concatenadas al infinito de las causas, de las ínfimas y remotas posibilidades de que te sucedan otra vez, pero que sin razón y de hecho simplemente un día se dan. Igualmente no creo que la vida tenga recato en concederlas. Incluso en el plano de la fe me consuela saber que siempre tengo segundas oportunidades ante mi errático y vacilante proceder ante el Dios de la vida... el que me salvo y me dio la vida.

En concreto ¿en qué consiste la afirmación de que la vida te regala segundas oportunidades?
Tener una segunda oportunidad la defino como la posibilidad futura, aleatoria y estadísticamente poco probable, que a la luz de la reinterpretación de un evento pasado en donde no hiciste algo que hubieres querido realizar... incluso retroceder el tiempo, pero que en el futuro sin buscarlo, se nos presente una segunda ocasión que nos permite esta vez realizarlo y reivindicar nuestro querer. Por ejemplo, siempre recordare aquella tercera oportunidad que me regalo la vida de encontrarme aquella mujer hermosa, que en el primer round que me dio la vida, ni siquiera alcance interceptarla con una mirada, en aquel restaurante, en una noche x, hace x tiempo. A la que “casualmente” me encontraría una semana después en un lugar al que yo  recién comenzaba a asistir. Aquella dama que vivía a menos de un kilómetro de mi casa y había permanecido en el anonimato de mi consciente por casi 20 años de mi vida, de su vida. Pues bien esa segunda ocasión que también desaproveche, -aunque había jurado solemnemente no volver a desaprovechar si la volvía a ver-, La vida me dijo ¡Y toma! una tercera…, en la que siéndole franco, ella ayudo suavizando el encuentro primero con una leve y sutil sonrisa, que provoco un estado de abobamiento que me dejo sumido por largo rato a la impotencia de mi débil voluntad, simplemente apabullado por su belleza…, pero después de analizarlo y antes de salir del lugar me acerque y me lance a pedirle su teléfono. Admito: que podía perder si al día siguiente partía de viaje… eso definitivamente me ayudo. Pues aquella muchacha resulta una prueba más, de las múltiples ocasiones en que la vida se reía de mí, concediéndome la oportunidad.


Y ¡Hoy! nuevamente la vida me regalaba una segunda oportunidad, cuando vagando por las calles de Valencia me tope con aquel buen hermano, -el rumano a quién la semana pasada no le intercambie los zapatos quizás por miedo al que dirían mis compañeros-, lo encontré mientras se desplazaba desaliñadamente con sus dos piernas invertidas, en la torcedura de sus pasos trastabillantes… pase a su lado y deposite mecánicamente una moneda en su mano y continúe mi camino, todavía en ese momento, no me había percatado que esta era una de esas segundas oportunidades. “Ding, ding”, me resonó la campana y se me prendió el foco, ahora es cuando, a intercambiar los zapatos me dije. Oh sopresa la que me lleve cuando paradójicamente me percate que sus zapatos estaban en mejores condiciones que los míos, lo que me parecia un truque injusto, por lo que continúe mi campante camino, ya con la consciencia tranquila…, en lo que caminaba trataba de desentrañar lo que aquel furtivo encuentro me trataba de decir, mi andar como carretilla que se atasca en las piedras…, daba un paso, dos pasos, retrocedía uno y me saltaba dos, pero me detuve, volteé la mirada y ya no lo avistaba…, finalmente vi con claridad de pensamiento lo que significaba aquella interrogación de que si no soy capaz de intercambiarme los zapatos con un mendigo, ¿Cómo iba a ser capaz de "ponerme en sus zapatos"?”. Y me di cuenta que en ese momento debía entenderlo a la inversa, es decir, tenía que aplicar el sentido metafórico de las palabras y la única forma de “ponerme en sus zapatos” era buscar entenderlo, era escuchar su historia, era pasar de ser un desconocido a un hermano conocido, era sentarme y dialogar. Por lo que con toda naturalidad del caso me acerque y lo invite a desayunar conmigo.


Que descubrí de este hombre… No voy a contarles su historia para que se compadezcan, la verdad una historia dura, sin embargo no sentí ni lastima ni compasión, simplemente me sentí con un hermano platicando, entre su español machacado e italianizado y mi parlato italiano inventado, en el momento en que saco el tema de Dios, sugerido por él al ver mi libro de lectura bajo el brazo, solo bastó a lo que la palabra como signo intenta expresar lo inefable con un “uh/” gutural, él lo manifestó con un gesto, con el dedo apuntando hacia el cielo, con eso basto, estuve tentado en arruinar el momento e iniciar una predicación de esas por las que me caracterizo, pero se trabo mi lengua y como un niño imitando reproduje su gesto señalando hacia el cielo…, el silencio que vino después se prolongó ante mi perplejidad, estaba aprendiendo a hablar el lenguaje de Dios, el del amor, el del místico, en definitiva el mendigo lo hablaba mejor que yo, con más libertad, ¿Quién era yo sino un mendigo como él? ¿Mendigos hermanos en el amor? Errantes y tratabillantes, rogando por un par de monedas al creador.


Por eso te doy gracias Rumika, si de paso nos cruzamos en las puertas del cielo y ya estando seguramente vos del otro lado, recuérdame cuando te pida tu intersección con San Pedro para que me dejen entrar, porque “bienaventurados los que mendigan en la tierra, porque serán los herederos en el cielo”. Así es mi amigo Lázaro espero nunca caer en actitudes del rico Epulón, ya que soy yo quien mendiga con palabras la riqueza que ya hay en tu corazón.

17 de octubre de 2011

Día 0 - De cara con Dios - Clarividencia interior.

La historia de la humanidad en la fe, comenzó con Abraham.

Recuerdo haber recurrido mnemónicamente a la historia bíblica de Abraham en un momento de mi vida cuando de manera incomprensible me dirigía al monte en donde sacrificaría a mi hijo Isaac. Isaac representaba todas mis querencias, anhelos profundos, mi plan y proyecto de vida, mi familia, mi status quo, en fin era dejar atrás lo que había atrás sin saber que vendría por delante… lo que aún permanece así, pero algo cambia. ¿Qué cambia cuando un hombre decide lanzarse ante la incertidumbre de lo venidero? ¿Qué ocurre cuando de manera absurda un creyente se lanza al precipicio creyendo oír la Voz al final?

Pues bien lo cierto del caso es que llegas a una conclusión: al "uh/" onomatopéyico y sonido gutural que sale cuando no sabes que decir, del Misterio inefable. Te encuentras en un estado sempiterno que se resume en un "Sólo Dios basta", siendo jamás un "sólo Dios basta" excluyente o alienante de la realidad, sino que implica toda la vida y las vidas de los demás.

¿Qué pasa? subyace la pregunta, subrepticiamente se me escapa en el pensamiento, “todo y nada” ¿Qué paso cuando Abraham en el absurdo de la obediencia dirigió a  su hijo con tretas y engaños al altar de los sacrificios, para degollarlo, quien no es más que el simbolismo de la promesa de Dios, de lo que era su todo? Esta "prueba" de Dios, que es en realidad aquello que suponemos que Dios nos pide y que hacemos buscando agradarle, se enmarca en un claro testimonio de confianza, renuncia, entrega y abandono total en Dios. ¿Que paso con Abraham en el momento en que se disponía a consumar el sacrificio? El ángel del Señor le grito, detente (Cfr. Gn 22, 12), y paradójicamente al instante recobro “su todo”. Por eso, secuencialmente, de decir lo tengo “todo” (la promesa de Dios) paso a un no tengo "nada" y cuasi al instante, con un detente, nuevamente lo recobro "todo" y sin darse cuenta había ganado el “Todo” de Dios [“solo Dios basta”] ¿Se creía enserio Abraham que Dios le dejaría ganarle en amor y misericordia?

Pues bien hoy puedo decir que no me cuesta para nada reconocer en el paradigma histórico de nuestro padre en la fe, Abraham, -que se convertiría en la historia de salvación del pueblo de Dios-, mi historia de salvación personal, que sigue siendo un misterio. Funciona algo semejante a esto: Entrego todo, ciertamente regateando, pero finalmente todo, y cuando me veo ahora sin nada, teniéndolo "Todo" (con mayúscula), paso a recobrar  “todo”, lo que si no hubiera llevado primero "obedientemente" al altar de los sacrificios, no me hubiere permitido nunca reconocer al "Todo" [de Dios] que descubro en el momento que me veo sin "nada". 

La fe, que es al final de todo en la Historia de la Salvación, pura y llana incertidumbre del presente... La fe que no es un camino de certezas y por eso se camina con alguien que acompaña… La fe que no es un camino de predicciones futuras o historias escritas... La fe es más bien una pluma de escribano que se mueve al ritmo de tu vida en ese juego de posibilidades y tus decisiones, con un ingrediente de azares que pierden significancia temporal en la eternidad del “aquí y ahora” de la fe en el Dios de la promesa. Porque es abandono en el "nada te turbe nada te espante", porque "Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni mente humana concibió, lo que Dios preparó para quienes lo aman" (1 Cor 2, 9). 

Finalmente peregrino soy, sin un claro destino, "no soy de aquí ni allá" (sino de otro lugar que desconozco). Forastero de la existencia frugal de esta vida. Pues nunca lo había tenido tan claro en la vida, y es que no tengo nada claro en el hacer, que corresponde al mundo de mis decisiones, pero sí lo tengo claro en la consistencia de mí ser, estar y existir, que es Dios y amar... es el “Ki”, es el "uh/" de la cuestión.

14 de octubre de 2011

Renovación - Darse de bruces con la realidad

Todo lo que con esfuerzo escribo y trato de transmitir es basura... juego de palabras, verborrea impositiva, autoerotismo intelectual, dialéctica moral o dual... No es ahora, -en un momento de dura reflexión-, mi intención ensañarme con mis buenas o egoístas intenciones pero si tan solo dejara de hablar y empezará a amar, si tan solo arriesgo todo y empiezo nuevamente a tomarme el evangelio enserio... tendría miedo a terminar como Jesús termino... Ah ya la vida!!! Me faltan huevos, humildad, coherencia. E olvidado que el cuerpo de Cristo tiene sida, cáncer, lepra y no está sólo en el santísimo sino allá afuera... Tengo miedo de decir lo que pienso, lo que creo firmemente que me ha enseñado Jesús, me muevo en juicios y prejuicios, me muevo en mis ideas y juego con mis posibilidades, pero no soy capaz de intercambiarme los zapatos con un mendigo, es entonces cuando me pregunto: ¿Cómo voy a ser capaz de "ponerme en sus zapatos"?. Me gusto tanto que utilizó al otro como un espejo para reflejar mi falsa luminosidad. Te digo lo que te gusta, lo que no me gusta pero no degusto en lo profundo lo verdadero porque simplemente me mueve las estructuras, donde retozo tranquilamente... Hablo de sufrimiento y te digo la respuesta, en una palabra el amor. Hablo de Jesucristo y no vivo su experiencia. Te hablo de elevación, contemplación y no me inclino a besar al hermano que por desventura se encuentra postrado como rastrero mendigando en el suelo... Cuestiono todo y a todos pero no a mí, no me planteo la tarea para poder renovarme... Pero lo cierto del caso es que no hago nada... Le pido perdón a los de Kenia, a los de Auschwitz, a mis hermanos los mendigos, las prostitutas, a los excluidos, a las maltratadas, a los niños vejados, a los mareros, a las viudas y enfermos, a los viejos ignorados.. No solo no he hecho nada con ellos sino que no estoy con ellos... Y el amor, se ha esfumado en mis grandilocuentes disertaciones, leo el Evangelio todos los días, me inclino ante el altar y erguido de rodillas creo elevarme pero no vivo la buena noticia... Si lo que falta no es elevarme sino inclinarme, ceñirme la toalla a la cintura y lavar los pies llenos de ampollas, atillados por el pedregal que tantos le ha tocado recorrer.

Hay pocas cosas que me arrepiento en mi vida, una, no haberle lustrado los zapatos a Juanito (el lustrador del Registro Mercantil); dos, no haberle regalado mi saco a Winnie, quien afanosamente cuida los carros; y tres, la más reciente, no darle mis zapatos al rumano renco de esta mañana... Y podría sumarse a una cuarta, no publicar esto en el blog....

8 de octubre de 2011

Orar II. Orar - llorar

"Anota en tu libro mi vida errante,
recoge mis lágrimas en tu odre,
Dios mío" (salmo 56, 9)










No es mi intención con esta serie de publicaciones ofrecerles una teología profunda de la oración, ni tan siquiera prescribirle un sin número de recetas para mejorar su oración, principalmente porque creo firmemente que orar no puede ser reducido a un método, ni es producto de un esfuerzo humano, sino es puro don, ¡¿cómo así?! Sí, así… a secas, es dejarse llevar por la sutil briza del Espíritu Santo que mueve en el interior, a eso que los místicos han denominado como contemplación, y ojo, que no por llamarl místicos a los que practican este “tipo” de oración, se me confunda y el lector tome por bien pensar que es cosa de unos pocos "selectos" (VIP) de Dios, o de personas excepcionalmente espirituales. Repito es puro don y además es para todos, es más, el ser místicos no es algo que se adquiera o que se a dado extrínsecamente, sino más bien es algo innato a todo ser humano. Que  somos seres con una dimensión espiritual, es una afirmación casi innegable. Es esa capacidad, aptitud, que tenemos de desear y anhelar entrar en relación con el misterio, con lo infinito, con lo supremo, con lo trascendental pero a la vez inmanente, que brota ante la extrañez del “ser” humano que se siente colocado ante un mundo dado. En definitiva es ese deseo de felicidad plena, de colmar nuestros anhelos más profundos que cohabitan junto a muchas otras preocupaciones en el corazón de todo ser humano.
Pues bien, lejos de toda fundamentación teorética, quiero compartirles experiencia de vida, de esa necesidad que ha brotado en mí interior, en donde mi alma agostada y reseca de agua, busca ese manantial de vida que se nos comunica en la oración. Quiero compartir lo que en mi experiencia ha sido una forma consoladora de orar. No sé si le ha tocado hermano, pero para mí, pocas veces he podido conjugar los sollozos, al compás poco agradable del ir y devenir de las flemas y el respirar-suspirar de quien se siente siervo inútil, de un hombre, que como todo hombre, llega el momento en que se siente débil y miserable y se dispone a compartir ese momento de pequeñez con la magnánimidad del Todopoderoso o aquello al que apelamos superior, cuando brota eso que yo llamó "instinto de supervivencia espiritual", la fe.
No hay mejor forma que orar-llorar para ser consolado. Simple y llanamente llorar frente al altar, postrado ante el santísimo, pecho y rostro en tierra, en presencia del Buen Padre Dios, emulando quizás aquella impactante pecadora que narra el evangelio, quien con sus lágrimas que se escurrían entre sus cabellos enjuagaba los pies de Jesús (Cfr. Lc 7, 38).
Por tanto no son lágrimas de reclamo, como quien ha sido despechado, tampoco de súplica y petición de auxilio tal cual desesperado, ante todo porque te sienes presente ante el que es bienhechor de todos, padre misericordioso, que antes de que le presentes tus preocupaciones, -y lo que sea para tu bien-, está siempre en disposición pronta y cumplida a concedértelo (claro habra que matizar que tipo de Dios por interés buscamos). En realidad más que todo aquello, es llorar como Jesús lloró, actualizar esas lágrimas del que también se compadeció y sufrió. Se trata de buscar presencia, companía, de mostrarse tal como te sientes, si es destrozado..., destrozado; si es angustiado…, angustiado…,; si es con inmensa felicidad y gratitud, ¡bendito sea Dios! y prorrumpir en sollozos y dejar que el transcurrir de las lágrimas vaya fraguando las heridas de nuestra finitud. Hay, por tanto, que hacercarse al calefactor para ser irradiado, dejarse destellar por la luminosidad del que es luz y vida nueva.

En fin, que rico es dejarse consolar por Dios, si ya de por sí llorar con un amigo te consuela, que mejor que hacerlo con él, que te llama amigo, pero no amigo en su accepción "light" muy en boga, sino unido a la solidez de su argumento y coherencia de vida, "no hay amor más grande que él que da la vida por sus amigos..." (Jn15, 14-15).
Pues bien orar llorando o llorar orando, -como a usted más le guste-, está también, muy bien... fantásticamente bien de hecho.
Continuaré…


30 de septiembre de 2011

Orar I - No hay amor donde no hay comunicación

"¿Cómo puedes llegar 
a conocer la voluntad de Dios 
si no eres amigo suyo?"
S. Agustin

De las definiciones más irónicas y curiosas que escuchado sobre la oración, que seguro no se me hubiere ocurrido a mí, ni en mil años, nos la proporcionó recientemente un fraile Agustino Recoleto que dirigía unos ejercicios espirituales en el convento de Marcilla, quien ante un auditorio de 30 y pico de frailes, preguntaba, así de manera tajante: “¿Nunca os habéis aburrido frente al Señor?” Ante nuestra expresión de sorpresa,- como quien frunce el ceño antes de… [algo curioso], continuó su explicación: “Si, así es, sentarse en la capilla, y dirigirse a él: -bueno Dios aquí estoy para aburrirme contigo si es necesario.”. Puede que al principio les cause sorpresa, pero díganme ¿Quién de todos nosotros nunca se ha aburrido frente a un amigo, quizás pidiéndole  a Dios internamente para que se callaré-, o simplemente con conocimiento de antelación y concertadamente aburrirse pasando el tiempo con un buen amigo? Pues bien, en mi caso particular creo que nunca se me hubiere ocurrido que incluso aburrirse frente a Dios está bien, chévere…, no creo que al “chief” le moleste… ¿O sí? Bueno respeto al que opine lo contrario.
Pero el colmo no acaba aquí, hay otros más “cínicos”, que quizás le pueda escandalizar, a quienes les parece bien que su mejor trato con Dios en la oración, se manifieste con ronquidos, es decir, echarse un pestañazo en plena oración, un buen cuaje, al buen chapín. Bueno… ni más ni menos que a la santa, Santa Teresita del niño Jesús, quien en uno de sus manuscritos nos dice: “Yo creo –escribe- que los niños pequeños gustan lo mismo a sus padres cuando duermen que cuando están despiertos” (Manuscrito A). Menuda excusa la que se le ocurrió, me imagino que no le molesta identificarse con los niños…. Pero dejando de embromar la cuestión, es muy cierto, a Dios la verdad, goza con nuestra sola presencia y es poco exigente en cuanto a la forma y las fórmulas que empleamos para dirigirnos a él.

De que manera puedes mostrarte a Dios sino transparente, como eres, y en definitiva como él te conoce, lo demás sería como acudir a una cita con diplomáticos, guardando las formas y usos del protocolo. Pues bien, Dios te quiere translúcido, auténtico, que es un bien tan deseable hoy en día en donde abundan las máscaras y falsas apariencias.

Regresando, vuelvo y repito: parece que aburrirse frente a Dios está no sólo muy bien sino estupendamente bien. Incluso el no hablar es a veces más recomendable. Cuenta el santo cura de Ars, una bella historia, veámosla:
Cuenta que: "Un campesino llegaba por las tardes a su iglesia, se sentaba y no decía una palabra, ni tampoco hacía ningún acto, rezo, lectura de un libro o devocionario o algún devoto movimiento especial.

El párroco curioso le pregunta: disculpe, pero estoy intrigado por sus visitas al templo… ¿Qué le hace venir todas las tardes? ¿A qué viene, si no lo veo rezar, ni arrodillarse, ni hacer ningún gesto o acto especial?
El campesino le mira y con humildad le dice: Mire, yo vengo todos los días a ver a este Cristo y no sé qué decirle, entonces yo lo miro y él me mira ... eso es todo..."
¡Estupendo intercambio! ¡Magnífica definición! En esas siete palabrejas diría que se resume todo:

“YO LO MIRO Y ÉL ME MIRA”. 

Eso es orar, pa´ que más. Cual mendigo que se acerca a la fogata, solamente a verla que aunque pueda aburrirle el solo estar, con el solo estar basta para calentarse.


Continuará...